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Padres e hijos: una poesía

Camilo E. Ramírez

 

Cuando hablamos, empleamos un código que posee reglas gramaticales específicas que nos permiten –no sin ciertos malentendidos imposibles de descartar- comunicar un mensaje. Decimos “no sin ciertos malentendidos imposibles de descartar” ya que entre lo que uno dice y lo que nuestro interlocutor y viceversa, entiende, hay un abismo, una resonancia infinita de sentidos y significados. De ahí que el malentendido no sea un error de quienes hablan y/o escuchan, sino una característica inherente al lenguaje, es decir, estructural a la comunicación misma, solo hay mal entendido.

El código del lenguaje nos preexiste, es decir, existe antes de nuestro nacimiento. Los humanos tenemos dos nacimientos, uno biológico y otro de lenguaje (conciencia) Somos seres de lenguaje (parlêtre, Jacques Lacan). Usamos y somos usados por el lenguaje, sin embargo, el código nunca “sabe” por donde irán nuestras ocurrencias, ideas y combinatorias, habladas o escritas. En ese sentido, si tomamos el ejemplo de la poesía o el del método psicoanalítico de la asociación libre, hablar todo lo que se venga a la cabeza, éstas son subversiones de los usos establecidos por el código, sus principios y reglas. Y por lo tanto un poeta –como alguien en psicoanálisis- es alguien que logra despegar las palabras de sus usos y sentidos comunes, para darles un giro semántico inédito, jugando con los diversos efectos de sentido que se van articulando en sus versos, en sus ocurrencias y así crear nuevas formas y lazos con la palabra. Pero no solo los poetas pueden realizar eso, sino toda persona que advierta que las ideas, en tanto formas, tienen la fuerza de fijar un sentido a alguna cosa y también destrabarlas, transformarlas, amplificarlas.  

La experiencia psicoanalítica, aquella inventada por Sigmund Freud y desarrollada por Jacques Lacan, permite advertir los efectos de identidad cuando un sujeto asume una imagen, una palabra que cree lo representa, así como las modificaciones que puede realizar al des-pegarse de los referentes que creía fijos que pensaba le definían, para estar listo para cualquier circunstancia de la vida.   

Una hija, un hijo, es siempre una poesía, en el sentido, que nunca responderá a los ideales que sus padres se han planteado, sino que, como una poesía, hará una invención, una subversión de los mismos. Ello puede producir en sus padres, además de orgullo al ver que su hijo/a no es solo eso que es extensión de sí, sino algo diferente, en otros casos puede producir, justamente por ello, porque el vástago no repite el ideal planteado por sus padres, decepción, enojo, tristeza…y para poder lidiar con dichas sensaciones incómodas, extrañas, responden, muchas veces, no de la mejor forma, buscando restablecer un cierto “orden” mediante acciones desesperadas, como regaños, castigos, gritos, golpes, sermones, cada uno organizando por una visión moralista, disciplinaria (castigos y orden en todo) o psicológica-positiva-humanista-adaptativa mediante los cuales se desea “regresar al buen camino” a la hija o al hijo, que cumpla con el ideal que se le supuso. Estrategias reaccionaras (un acción para atrás) que hacen que ambas generaciones menos se entiendan. ¿Qué hacer en tales contextos?

Una de las funciones elementales de una madre, como de un padre, es en cierta medida, custodiar el secreto del hijo (Massimo Recalcati, El secreto del hijo) es decir, contemplar su existencia como una “poesía”, como un espacio no conocido, no calculado, pero que está en desenvolvimiento, nuca se sabe por dónde irá; pasar de ser referentes dictatoriales-disciplinares, para poder ser agentes de inspiración, ver en los padres a personas que desean cosas, personas que eligieron una vida y se responsabilizan por ella (Jorge Forbes, Você quer o que deseja?) mostrando a sus hijos que ellos pueden hacer lo mismo: estar listos para recibir lo extraño de sí y del otro, tomarlo como fuente inagotable de creación y respuesta.